¿Sobre mí?

Simplemente, soy yo. Una chica normal, corriente y moliente, tan ordinaria que hasta paso desapercibida. Podría estar ahora mismo sentada detrás de ti y ni siquiera haberte percatado...
¿has mirado?
Ya, también soy irresistible. No puedes estar sin mí pero tampoco quieres estar conmigo. Tampoco yo. Soy un alma libre, así somos los de Aquarius.
Los del signo del zodiaco, no los de la bebida esa tan insulsa que sienta tan bien a cuarenta grados a la sombra.
Ahora mismo me gustaría estar allí contigo, contarte lo que pienso, sentados en una terraza o en las cálidas arenas del caribe. Reírnos un rato de nosotros mismos y buscarle sentido a lo que nunca lo tendrá por más que le demos vueltas.
Pero aquí me tienes. Sentada delante de una caja tonta.
Pero me alegra que pases por aquí.

¡Un consejo!

Sonríe. Vive. Llora. Canta. Baila.

...

¡Be Happy ! ;D

lunes, 24 de octubre de 2011

 Mientras ese típico frío mañanero que se esconde disimuladamente en cada rincón del ambiente me recorría cada centímetro de mis huesos, me senté con mis botas marrones altas de Pull&Bear, mi chupa azul de Stradivarius y un pañuelo azul con florecitas blancas que compré en un rastrillo del paseo Independencia, a esperar al autobús.
 Y una graciosa viejecita se sentó a mi lado. Y seguimos calladas hasta que me levanté para mirar hacia mi horizonte izquierdo a ver si aparecía algún vehículo rojo y con el número 50 estampado en un fondo azul. Pero nada. Y me volví a sentar decepcionada.
 Me preguntó que a dónde iba. La ancianita, me refiero. Voy a ver a mis amigos, le respondí. Y sonrió.

 Y se hizo el silencio, un congelado pero dulce silencio entre las dos.

 Cómo tarda, comenté para nadie en particular. En realidad, para mí misma. Pero la abuelita lo tomó como una invitación a conversar sobre los medios de transporte zaragozanos y la inminente incorporación del tranvía. Una mera conversación fática que, poco a poco y sutilmente, se transformó en una clase filosófica sobre el paso del tiempo.

 Pude ver algo más que lágrimas de frío en sus ojos mientras me contaba la vida de su hija, ya casada y con hijos, y de la suya, pasando sus últimos días en su paso por el mundo : "No sé qué beneficios traerá el tranvía, y no creo que ya esté aquí para verlo. La vida es así"
 No supe que responder. Simplemente me limité a sonreír con pesar.


"Aprovecha el tiempo, hija mía. La vida pasa más rápido de lo que nos imaginamos. Todavía eres joven, pero lo entenderás con el tiempo que hayas perdido de aquí a unos años"



En ocasiones me ha dado por calcular el tiempo, reflexionar sobre éste y darle vueltas a la cabeza  a cosas que debería haber dicho y me he callado en el momento apropiado para soltarlas. En otras, en cambio, ni siquiera sabía que existiera algo que rigiera mis acciones. Siempre necesitaba entonces de alguien o algo que me devolviera a la realidad a la que por suerte o desgracia estoy acostumbrada.
Esa frase, esa ancianita salida de la nada, fue la que me devolvió a la realidad. Y no sé si volveré a verla. Pero estoy segura de que no se me borrará aquella frase de la memoria, ni de cómo sus ojos, todavía llorosos, se despedían de los míos cuando desaparecieron tras la puerta de un 44.

¿Y el puto 50? ¡Estoy perdiendo el tiempo!



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