Me preguntó que a dónde iba. La ancianita, me refiero. Voy a ver a mis amigos, le respondí. Y sonrió.
Y se hizo el silencio, un congelado pero dulce silencio entre las dos.
Cómo tarda, comenté para nadie en particular. En realidad, para mí misma. Pero la abuelita lo tomó como una invitación a conversar sobre los medios de transporte zaragozanos y la inminente incorporación del tranvía. Una mera conversación fática que, poco a poco y sutilmente, se transformó en una clase filosófica sobre el paso del tiempo.
Pude ver algo más que lágrimas de frío en sus ojos mientras me contaba la vida de su hija, ya casada y con hijos, y de la suya, pasando sus últimos días en su paso por el mundo : "No sé qué beneficios traerá el tranvía, y no creo que ya esté aquí para verlo. La vida es así"
No supe que responder. Simplemente me limité a sonreír con pesar.
"Aprovecha el tiempo, hija mía. La vida pasa más rápido de lo que nos imaginamos. Todavía eres joven, pero lo entenderás con el tiempo que hayas perdido de aquí a unos años"
En ocasiones me ha dado por calcular el tiempo, reflexionar sobre éste y darle vueltas a la cabeza a cosas que debería haber dicho y me he callado en el momento apropiado para soltarlas. En otras, en cambio, ni siquiera sabía que existiera algo que rigiera mis acciones. Siempre necesitaba entonces de alguien o algo que me devolviera a la realidad a la que por suerte o desgracia estoy acostumbrada.
Esa frase, esa ancianita salida de la nada, fue la que me devolvió a la realidad. Y no sé si volveré a verla. Pero estoy segura de que no se me borrará aquella frase de la memoria, ni de cómo sus ojos, todavía llorosos, se despedían de los míos cuando desaparecieron tras la puerta de un 44.
¿Y el puto 50? ¡Estoy perdiendo el tiempo!
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