"Miraba su reflejo en el espejo de
su baño, blanco puro, luminoso y, a esas horas de la mañana, silencioso. Sólo
percibía su respiración lenta y serena, cansada, y la de su novio, que dormía
plácidamente en la cama que tenía a sus espaldas. Formaba un rebullo de sábanas
blancas que subían y bajaban armónicamente, dejando al descubierto gran parte
del cuerpo desnudo del muchacho. Su silueta se marcaba perfectamente gracias a
los débiles rayos de sol que entraban por la ventana, y ella no pudo evitar un
suspiro cuando se percató de la escena.
Volvió a fijarse en su atuendo. Posó de costado, de frente, con los
brazos en jarras, mirándose la parte de atrás… y sonrió satisfecha. Tras muchas
semanas (quizás meses, ya ni se acordaba) de duro entrenamiento y dietas
estrictas, consiguió quitarse esos kilos que tanto le molestaban, aunque su
chico le dijera todos los días la típica frase que la mayoría de las mujeres
quieren oír: “Eres y estás perfecta tal y como eres”. Acto seguido le plantaba
un beso en la frente, cogía su plato y le servía dos cucharadas más de comida
que ella, a diferencia de lo que él creía, no probaba bocado.
-
- A veces te pareces a mi madre – le espetaba
divertida
“Ahora sí que podrás decir que
estoy perfecta” pensó Teresa. Se había levantado pronto aquella mañana. Estaba
eufórica. Ya se había puesto el bikini nuevo que se había comprado a última
hora tras darse cuenta de que todos los demás estaban anticuados, no iban a la
moda. El color rosa chicle contrastaba con su blanquecina piel, creando un
juego de colores prácticamente perfecto. Como ella. Ella siempre lo estaba. Y
tenía, por puro gusto y satisfacción propia,
que estar perfecta. Siempre había
ido con esa canción, desde que era una niña que apenas sabía andar.
Canturreaba canciones de Madonna mientras se
ponía el pareo que la noche anterior había elegido entre los cuatro que había
metido en una de las maletas, que ya estaban esperando en la puerta de salida
del loft. Había tres maletas y todas, absolutamente todas eran de Teresa. Su
novio había decidido hacerla antes de marcharse y así se aseguraba (según él) de
que no le faltaba nada.
Pero a ella le daba igual. Es
más, se alegraba de tener que hacer una maleta menos. Eran sus primeras
vacaciones juntos y quería aprovecharlas al máximo. En muchas ocasiones
fantaseaba sobre lo que podía o no pasar en la playa de Ses Illetes. Una vez se
imaginó una escena que, de no haber sido porque se despertó minutos más tarde, creyó
que era real. No sólo por la nitidez de sonido y color, sino porque añoraba
tanto que se hiciera realidad… soñó que estaban ellos dos solos, tumbados en la
cama, con el balcón abierto de par en par, contemplando cómo el Sol se ocultaba
lentamente por el horizonte mientras jugaba con sus rayos, largos lazos de luz que
creaban un mágico abanico de colores en las cristalinas aguas del norte de
España, un color entre el verde claro y el turquesa más brillante, justo antes
de desaparecer. En otra ocasión se
despertó después de una romántica noche caminando por las impolutas y vírgenes
arenas de la playa, que fueron testigos
de cómo las olas rompían una y otra vez en los cuerpos sudorosos y desnudos de
Teresa y su novio"
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